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La hora fantástica

Dos niños juegan alrededor de una mesa vacía, no hay en esa vieja casa nadie que pudiese interrumpir su juego.

Corren al son de la música y no parecen notar la proximidad de la noche en las sombras que empiezan a envolverlos.

Otro niño los observa desde fuera, mira por la ventana roja, quisiera entrar y jugar él también. Pero desde el interior los niños ignoraban el mundo, eso sí, al notarlo, el más grande saluda con un gesto, no lo invita, en cambio cierra la cortina y el juego continua.

Fin. Tal vez... 
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Mirson

El problema

Esta historia me la contó una vieja a la que ofrecí ayuda, recuerdo haber ido caminando por la pasaje Gutiérrez en pleno invierno, esta calle es una larga pendiente con una hermosa vista de la ciudad, pero de noche, con nieve y de subida es una verdadera travesia. Miré a mi costado y vi a esta mujer con dos pesadas bolsas, como íbamos en la misma dirección, me ofrecí a llevarle las bolsas, primero me miró con desconfianza, pero luego me entrego las bolsas sin peros y juntos emprendimos la larga caminata cuesta arriba.

Me contó, que en una de las montañas de Bariloche habitaba un extraño ser. Dijo que vivía en una caverna de hielo y que el frío y el silencio son los únicos que se atreven a hacerle compañía. “La dama de hielo”, así la bautizo la última mujer que la vio, los hombres que la acompañaban no sobrevivieron. La dama tenía la piel pálida y sus labios eran azules producto del frío que la rodeaba; Esa mujer, por supuesto, no nació allí, había llegado por su propia voluntad.

Dicen que todo hombre que la ve, cae inmediatamente en desgracia, la maldición cae como un rayo y sus ojos se vuelven incapaces de reconocer otras mujeres, las demás solo son bultos, masas deformes e inconsistentes. Dejan de percibir aromas, excepto la fragancia de la “dama de hielo” que lleva impregnado un exquisito olor a channel, cualquier otro olor al hombre le sabrá putrefacto.

Antes de convertirse en la “dama de hielo”, esta chica era una joven dichosa, con semejante atractivo no había hombre al que no dominase, ni mujer que no la odiase, pero este no era el problema.

El problema comenzó el día en que ella se enamoró.

Seguramente el hombre afortunado ha de haber sido todo un galán. Era todo lo que ella deseaba, porque de un día para otro lo dejó todo, todo por él. Se casaron y eran la pareja más feliz que haya pisado estas calles. Pero hubo algunos que no entendieron ese amor y uno de ellos era un enamorado que había sido abandonado, preso de los celos y la pasión, sin pensarlo, mato al esposo de la “dama de hielo” y como acto final se suicidó.
Ella no pudo creerlo, no pudo concebir la pérdida del único hombre al que realmente había amado, pero sobretodo, no pudo entender la locura, los celos, la pasión producto de qué, de su ¿belleza?; No entendió y tras el funeral desapareció de la ciudad y se perdió en la montaña.

Cuentan que algo extraño sucedió allí, la montaña la protegía, había viento y tormenta en días calmos, los arboles no estaban en el mismo lugar tras recorrer un sendero, era como si la montaña la escondiese de los hombres que en vano buscaban su belleza, inconscientes de la maldición que la rodeaba.

Pero la historia no terminó aquí, la vieja me contó que de joven ella formo parte de una expedición a la montaña, en este grupo había seis hombres y una mujer, ella. Esta expedición nada tenía que ver con “la dama de hielo”, de hecho, ella cree que “la dama de hielo” no se hubiese acercado si no hubiese estado ella allí. Dijo que se había separado del grupo cuando la vio y quedó paralizada, una mujer, prácticamente desnuda a esas alturas, pálida y con el cabello negro y largo cubriendo su espalda, algo quiso decirle, pero ya era tarde, los hombres la habían visto y en cuestión de segundos, unos se abalanzaban sobre los otros hasta que al final, se mataron unos a otros presos de locura y deseo...

La vieja no quiso continuar la historia pese a mi insistencia, habíamos llegado a la Cumbre, insistí, y según ella en medio de la masacre “la dama de hielo” volvió a desaparecer.


Nos despedimos y una mueca de la anciana me hizo pensar, yo no creo que la dama de hielo se haya escapado, yo creo que la vieja la mato, por celos...

Fin, tal vez...

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Amigos imaginarios

Ximena juega sola y una sombra parece rodearla, pasa a su lado y, sin embargo, Ximena no la percibe o quizá está acostumbrada, porque no parece inmutarse, juega con sus muñecas y habla a solas en su inmensa habitación.

Papá y mamá se han acostumbrado a sus amigos imaginarios, no les extraña escucharla hablar a solas, la dejan vivir en su mundo y por lo general, no tienen tiempo para compartir con ella. La rutina diaria los abruma, salen antes de que salga el sol y regresan ya de noche cual sonámbulos a mirar a televisión y a dormir.

Este fin de semana es el primero, después de un largo año de trabajo, en que mamá estará en casa. Ximena y Tiara (mamá) se levantan temprano, la pequeña está contenta, mami ha preparado su desayuno favorito, juntas comen galletitas dulces y toman una rica chocolatada. Después de muchos mimos, mamá no puede evitar las tareas del hogar y pone ropa en la lavadora, la deja funcionando mientras lava unas tacitas. Ximena mira televisión, pero se cansa, se aburre prontamente y prefiere ir a su dormitorio a jugar, mamá la escucha, la pequeña habla, ríe y de vez en cuando canta.

Tiara sonríe al escucharla, la pequeña tiene una risa contagiosa, se asoma a mirarla y ve pasar una sombra, se inquieta, pero supone que la ha engañado su vista. Ximena ve a mamá y le arroja un beso volador, mamá se lo devuelve.

La lavadora automática terminó y emite un curioso sonido, Tiara lo escucha, busca una fuente mete la ropa y sale al patio a colgar las prendas para que se sequen.

Desde el jardín puede ver la ventana que da al dormitorio de su hija, cuelga la ropa en un improvisado cordel que nunca fue reparado por el poco uso que le han dado. De pronto, mira hacia la habitación de su niña y una nítida sombra parece mirarla. Deja caer la ropa, y se acerca a paso ligero hacia la casa, la sombra tiene vida se mueve por si sola. Un quejido de espanto se escapa de lo profundo de su garganta, ahora corre, va directamente hacia la habitación de su hija y al llegar ve a Ximena, jugando tranquilamente.
-¿Ximena había alguien aquí?
-Sí mami, el abuelo.
-Ximena, te estoy hablando en serio, vi algo, ¿andaba alguien aquí?
-Mami, era el abuelo
-Ximena, -levantando la voz- el abuelo está a ochocientos kilómetros.

Tiara mira por todas partes, pero no ve nada, no escucha lo que dice su hija y cree que habla de sus amigos imaginarios, entonces el teléfono suena, lo busca y contesta, es la abuela
-Hola
-Hijita... -contesta llorando la madre de Tiara-
-Mamá ¿qué pasa?
-Hijita, tengo una mala noticia
-¿Qué pasó?
-Es tu papá, murió…



Fin.

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Mientras espera la noche

Eliana normalmente no apaga la televisión, se duerme con el ruido atontador del aparato de fondo. Tiene miedo, miedo al silencio, a los sonidos, a la oscuridad, a los fantasmas.

Esta noche, la noche del relato hubo un apagón, no tiene electricidad y está sola en su casa, la oscuridad la rodea y busca rápidamente luz, un encendedor, el teléfono móvil, las hornallas de la cocina a gas. Cualquier cosa que la aleje de las sombras, hasta que finalmente encuentra velas, compradas por casualidad alguna vez.

Enciende las cuatro que quedaban en el paquete, son las diez de la noche. La primera hora pasa sin novedades, se entretiene preparando sus cosas para el próximo día, la ropa, los papeles, el dinero.
El tiempo pasa, las velas se consumen, Eliana va a su habitación vacía, lleva consigo las velas y apaga dos, se acuesta y escucha un perro que ladra, un auto que pasa, se levanta mira por la ventana y ve tenues sombras. Vuelve a la cama e intenta dormir, escucha un crujir, mira en la dirección atentamente y no escucha nada más.

El silencio.

Las dos velas se han consumido, no quiere abrir los ojos, pero no puede evitarlo. Sombras se mueven en su habitación, una larga línea negra se desliza por la pared y desaparece. Enciende una vela y las sombras se han desvanecido, aparecen muebles, cortinas, un canasto.

“Paf”, un fuerte sonido la despierta, intenta encender la luz, pero la electricidad aún no llega, enciende la última vela, se levanta, recorre la casa y no ve ni escucha nada, vuelve a acostarse.
“Paf”, otra vez un ruido, atemorizada, toma la vela de la cual nada queda y se le apaga entre las manos. Camina sigilosa, no ve nada, choca contra algo o alguien, grita, corre y tropieza, una sombra la persigue, “un fantasma” grita y se topa de frente con una masa, logra ver claramente, no es un fantasma, siente un alivio que no dura más de dos segundos, entonces siente un frío en el estómago, se mira y un cuchillo sale lentamente de su vientre.

Cae al piso y mira desde allí al ladrón que hurga pacientemente sus cosas. Lo último que piensa es que al final “no hay fantasmas, solo personas malas”

Fin.

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El bus de la 6:00

Don Felipe:

Debido a la amistad y confianza que ha puesto en mí, tras haber renunciado no podía irme sin darle a conocer mis verdaderos motivos, los cuales confío usted sepa reservar.

Quiero dejar constancia de los hechos vividos estos últimos días, dado a que lo ocurrido ha perturbado totalmente mi juicio, por ello he preferido dimitir de mi cargo.

Hace un mes como usted sabe, llegó la paciente Ana González de 19 años. Internada, por sus padres, esta muchacha en su fase activa fue diagnosticada con esquizofrenia (si bien, no se ha identificado aún como se ha desencadenado en la fase prodrómica), debido a las alucinaciones visuales complejas que sufre, en las cuales asegura mantener relaciones con un ser imaginario. Hasta aquí nada inusual, se le recetaron los antipsicóticos comunes, se la mantuvo en observación y se siguió el procedimiento habitual.

La paciente mostró cierta mejora, sin embargo, digo “cierta” porque en realidad más allá de este ser imaginario, ella poseía toda su lucidez e incluso llegó a reconocer que la persona a la que se refería era una alucinación, lo cual, ciertamente podía ser un artilugio para permitir su salida del hospital psiquiátrico.

La interna como parte de la terapia me relato su historia, la cual, comentare brevemente:
Recién egresada del Instituto Administrativo consiguió el puesto de secretaria ejecutiva en la ciudad de Villarrica, residente en Temuco y sin ánimo de trasladarse a vivir a dicha ciudad, aceptó el trabajo, lo cual, implicaba el traslado diario de un lugar a otro en la línea Nº 10 de microbuses con una tardanza de dos horas aproximadamente (me es necesario detallarlo para que comprenda la veracidad de lo relatado). En sus primeros viajes no hubo nada fuera de lo normal, hasta que en la segunda semana conoció a un muchacho de nombre Oscar.
Ella solía tomar la locomoción en el paradero de Avenida Caupolicán, a esta hora como es de imaginarse, es escasa la cantidad de pasajeros, sin embargo, siempre hay una importante cantidad de asientos ocupados, los cuales, hacia el final de su recorrido se llenan en su totalidad; por comodidad, principalmente en la bajada, Ana regularmente ocupaba el asiento justo en frente a la puerta trasera del bus. El día que lo conoció, según lo relatado, despistada casi se sienta en las piernas de Oscar, ya que por reflejo iba directo hacia el asiento de costumbre guardando las moneditas del vuelto en su monedero, cuando un joven de su edad con voz grave la detuvo sonriendo.
Oscar según ella tiene el cabello oscuro, pómulos altos y ojos marrones, mirada penetrante, buen físico, mide aproximadamente 1,70 y pesa 70 Kg.; Culto en sus expresiones y simpático. Con el tiempo se convirtió en el compañero infaltable de sus mañanas. En síntesis, viaje va, viaje viene, charla va, charla viene, ambos se enamoraron y mantuvieron esta relación durante casi tres meses.

Hasta ese momento parece una historia común el problema es que Oscar, no existe, o por lo menos eso creí yo. Después de tener en mi poder los datos brindados por la paciente, accedí a entrevistar a los padres como parte de la terapia y ellos me contaron con tristeza lo sucedido a su hija. “Oscar Valdez era un muchacho de 23 años, quien viajaba en la línea Nº 10, junto con Ana, hasta que un día inexplicablemente desapareció. Ana incapaz de aceptarlo lo recreo en su mente y según ella, él aun la acompañaba en el bus todos los días a las seis de la mañana.” Los padres si bien sabían del novio de la hija, se enteraron de su inexistencia por los comentarios de la gente, dado a que aparentemente, la pasajera mantenía conversaciones con el aire.

Hasta aquí todo corroboraba nuestro diagnóstico, algo me impulsó a averiguar un poco más, así que me dirigí al registro civil y nuevamente el tal Oscar ni siquiera figuraba en las actas de nacimiento. No existía o no era de este país, accedí a través de un amigo a los informes comerciales de las empresas de la Araucanía y jamás ha realizado una compra, no tiene previsión y sin antecedentes es un completo fantasma. Esto también indicaba que la versión de los padres había sido producto de las invenciones de la hija.

Antes de ayer por encargo de la institución debí realizar un viaje a Villarrica. Hoy puedo definirlo como curiosidad, no realicé el viaje en mi coche, ni tampoco en los buses con los cuales la empresa tiene convenio. Así, opte por esperar en Caupolicán con Montt los microbuses interregionales.

A las 5:30 ya estaba en el paradero, siguiendo una secuencia predefinida 5:59 y el primer transporte que diviso es el bus de la línea n° 10. Al subir, instintivamente mire hacia los asientos del fondo esperando racionalmente no ver nada y así fue, de hecho, había cuatro o cinco pasajeros sentados. Sin más razones que las del inconsciente, ocupe el mismo asiento que ocupaba Ana todos los días para viajar a su trabajo.

El microbús arrancó, pensé en cerrar los ojos y descansar hasta finalizar el recorrido, pero algo pasó, en el próximo paradero nos detuvimos, observé por la ventana de la puerta trasera y noté a una muchacha idéntica a Ana González. Esto era imposible, la paciente hasta el día de la fecha ha permanecido recluida en el hospital y todavía no se le ha dado el alta. Ella alzaba su mano despidiendo a alguien alegremente, yo no pude dejar de mirarla buscando algún rasgo que la diferenciara de la joven internada.

El microbús partió nuevamente y al perderla de vista, volví la mirada hacia el pasillo, me llamó la atención un muchacho que se acercaba, se adecuaba a las características que detalló Ana. Él me miró, sonrió y me dijo “Doctor, Ana me ha hablado de usted, yo soy Oscar”…

Fin, tal vez...
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